Los músicos de la isla despiden a su luthier
El pasado domingo a mediodía, festividad de Todos los Santos, docenas de artistas se reunieron en Can Jordi Blues Station. Aunque todos ellos traían un instrumento en la mano, no acudían a un concierto, sino a rendir homenaje al luthier que se lo construyó y a que el fotógrafo Joan F. Ribas los retratara con él, frente a la mítica fachada de este establecimiento centenario, epicentro de la música en vivo en la isla. Cada pala del bajo o la guitarra que traían se veía ilustrada con un trébol de cuatro hojas, la inconfundible marca de Manolo Marín Cano (Ibiza, 1972), el único luthier al que hasta ahora podían acudir los músicos locales para encargar un instrumento a su gusto o reparar otro.
El encuentro, impulsado por Sergio Gumbao, con la colaboración de Vicent Jordi, fue extraordinariamente emotivo y, como no podía ser de otra manera, acabó con un brindis en el que se agradeció a Manolo tantos años de labor, desde su taller ubicado en una casa de campo de Sant Jordi. Los comentarios eran unánimes: Manolo ha dado forma al instrumento de sus vidas y a partir de ahora le van a echar mucho de menos. Y no tan sólo por su habilidad como artesano, sino por su inteligencia y su amistad, y porque es una gran persona.
El último gran luthier de Ibiza, además de un excelente bajista, no se marcha por gusto, sino por falta de alternativas. Él y dos de sus hermanos, que también abandonan la isla, son tres víctimas más de la especulación desaforada que ha inflado los precios del mercado inmobiliario hasta el extremo que los ibicencos que no tienen una vivienda en propiedad tienen que renunciar a la tierra donde han nacido y a la convivencia con la familia y amistades que dejan detrás. Un terrible efecto colateral de esa supuesta prosperidad turística que, con el paso el tiempo y la deriva hacia el lujo, está convirtiendo Ibiza en un territorio vedado para los propios ibicencos.

Más de medio centenar de músicos con instrumentos de Marín Cano se reunieron ayer en Can Jordi para despedirle y agradecerle su trabajo. Foto: Joan F. Ribas
Antes de la partida hacia los confines ourensanos, en la otra punta de España, Manolo ha concedido esta entrevista a Sant Josep és Música. En ella repasa su trayectoria, adelanta su futuro y se despide de su gente y de su tierra.
Manolo, desde Sant Josep és Música, te deseamos lo mejor para el futuro y te agradecemos tu gran contribución al ecosistema musical de la isla. Para cualquier músico es un gran honor tener un instrumento tallado por ti. ¿Cuándo te marchas de la isla y cómo están siendo estos últimos días?
¡Muchas gracias! Ahora mismo tengo un follón increíble porque afrontamos una mudanza de tres personas a la otra punta del país. Teníamos un furgón grande ya contratado, pero cuando hemos hecho la prueba de cargarlo se nos queda pequeño por el peso. Al final habrá que hacer dos viajes de 1.200 kilómetros hasta Galicia y tenemos un plazo de un mes para hacerlos. Mi hermano Pepe, que ya está jubilado, se ha ido para allá. Yo me marcho a principios diciembre y Dani, mi hermano pequeño (conocido batería), será el último en dejar la isla. Se queda un año o dos por cuestiones de trabajo y, como tenemos que dejar la casa donde hemos residido toda la vida, ha alquilado una habitación en la vivienda de un amigo.
¿Cuántos músicos sois en la familia?
De cinco hermanos, hemos salido cuatro músicos. El mayor, Antonio, ya fallecido, fue el primero. Comenzó a tocar el bajo en una banda de Barcelona y se lo pegó al siguiente, Pepe, que alternaba su trabajo de mantenimiento de edificios con la batería, aunque ahora ya ha colgado las baquetas. Los dos mayores formaron parte de la orquesta de baile So de Nit durante muchos años e incluso se presentaron al Sargantana Rock y actuaron en el Sant Pepe Rock.
Mi hermana Dolores, la del medio, es la única que no se ha dedicado a la música. Después llegué yo, que también toco el bajo, y Dani, el pequeño, que es batería. De cuatro hermanos, repartidos en dos generaciones separadas, se ha repetido el patrón de bajista y batería. Es algo curioso porque no había ninguna tradición musical en la familia.
Tu hermano Dani Marín Cano y tú habéis estado muy activos en la música estos últimos años…
Dani ha formado parte del grupo Rels mucho tiempo y también toca con la Big Band Ciutat d’Eivissa. Antes tuvo una banda que hacía temas propios y que se llamaba Zero Grados. El cantante era Miko Weaver, un californiano que se hizo famoso por tocar la guitarra en la banda de Prince y que estuvo viviendo en la isla durante años. Ha actuado y sigue actuando con mucha gente.
En mi caso, he tocado regularmente con el grupo LaCalle, junto a José Antonio Cardona (voz), Jordi Algué (guitarra), Felipe Marshall (guitarra) y Miguel Tejada (batería). Y antes estuve en otros proyectos, como, por ejemplo, el grupo de funky LCD Band. Éramos ocho o nueve porque teníamos sección de vientos y hacíamos música propia. El cantante era Manfred Postel, que tenía la tienda de artesanía del cuero Cas Sabater, en Santa Agnès de Corona. Ahora está jubilado. También formé parte del grupo Tribal, junto a Jordi Martínez, donde también estaba mi hermano Dani.

Varias guitarras construidas por el luthier ibicenco en los últimos años. Foto: Joan F. Ribas
¿A qué zona os marcháis?
Nos vamos a la comarca de Celanova, en Ourense (Galicia), una zona repleta de aldeas, verde y rural. Cada pueblo pertenece a una parroquia y varias van formando los municipios. Todavía me cuesta explicar dónde voy, pero la aldea se llama Gomesende. No está muy aislada. Hay una ciudad pequeña a 15 minutos, Celanova, que es el centro neurálgico de esa zona; Ourense capital está a 35 minutos, donde hay bastante vida musical, y luego tenemos Vigo, con una gran vida cultural, a hora y pico. Si quiero seguir trabajando de luthier, no me va a faltar tarea, y si me apetece meterme en una banda, tampoco creo que haya problema. Desde mi casa veo el centro médico, la farmacia, el banco y el bar, así que los servicios mínimos están garantizados. Ya conozco a los vecinos y, además, somos la novedad de la década. ¡Tres ibicencos que se marchan a vivir a Galicia! Lo saben todo de nosotros.
¿Por qué habéis tenido que partir?
Hemos vivido toda la vida en una casa de campo de Sant Jordi, con un alquiler de renta antigua. Han sido 50 años y cuando murió mi padre perdimos el derecho. Por ley nos dieron un plazo de subrogación de dos años, que se cumple en diciembre de este año, y tenemos que entregar la casa. He buscado por todas partes en la isla y no he encontrado nada que se ajuste a nuestro modo de vida. De los cuatro hermanos, nos vamos tres. Se queda mi hermana Dolores, que tiene casa propia en Cas Serres.
¿Cómo habéis encontrado un nuevo hogar fuera de Ibiza?
De esto me he ocupado yo personalmente. Al dejarnos nuestro padre, los tres hermanos ya sabíamos cuál iba a ser el final. Al ver que no había posibilidad de seguir en la isla, me puse a buscar en otros sitios. Me dediqué a rastrear anuncios de viviendas en portales como Idealista y Fotocasa, y me empecé a informar: cuáles son los precios, cómo está el nivel de vida en las distintas zonas…
Tenía unos pequeños ahorros y miré las zonas donde comprar una casa resulta más económico, como Albacete, Ciudad Real o algunas regiones de Galicia. Sin embargo, Castilla La Mancha es un secarral y no me atraía la idea. El año pasado me cogí una semana y media de vacaciones, alquilé un coche y me llevé 10 o 15 direcciones de casas en venta para visitar. No encontré ninguna que no tuviese serios inconvenientes: demasiado aisladas, necesitadas de grandes reformas, olían mal… No encontraba nada hasta que uno de los agentes inmobiliarios que me acompañaron en las visitas me dijo que tenía algo que me iba a gustar. Me llevó a una casa bastante nueva, de los 90, que estaba para entrar a vivir. El precio era razonable, así que lo hablé con mis hermanos y decidimos comprarla entre los tres.

Marín Cano, en Can Jordi, con un bajo creado por él. Foto: Joan F. Ribas
Tú ya naciste en Ibiza. ¿De dónde procedían tus padres?
Mis padres, Juan Marín y María Cano, llegaron en 1966 procedentes de la Puebla de Cazalla (Sevilla), como tantos otros trabajadores que construían los hoteles. A mi padre, que era maestro de obras, le dijeron que había mucho trabajo. Hizo caso y a los pocos meses llegó mi madre, con mis tres hermanos mayores. Se encontraron un verdadero paraíso. Yo fui el primero de la familia que nació aquí, como Dani, que es del 81.
En 1975 encontraron esta casa y mi padre entró de mayoral. La dueña de la finca le propuso una renta moderada, con tal de que se hiciese cargo de las tierras y el mantenimiento de la casa. A cambio, nos pedía que cada semana le lleváramos producto de la tierra y el agua de pozo que necesitara en garrafas. Mi padre compaginaba este trabajo con las obras, levantando hoteles en Platja d’en Bossa.
Toda una vida en Sant Jordi…
Sant Jordi siempre ha sido mi pueblo, lo he visto crecer. De niño, la manzana donde está el Timbal y Sangrantana era todo campo. Yo inauguré el colegio público Sant Jordi, el viejo. Antes, en párvulos, intentaron meterme en el colegio de las monjas (Mare de Déu de les Neus), pero a los tres meses me tuvieron que sacar por inadaptado. Las monjas me daban mucho miedo y lloraba todos los días. En primero de EGB ya entré en el colegio público y allí, desde el principio, la adaptación fue perfecta. Pero se me quedó el trauma de las monjas y tampoco hice la primera comunión. El cura era Don Juan y decían que tenía muy mala leche, así que no quise ir.
¿A qué te dedicaste antes de convertirte en luthier?
A muchas cosas. Con mi hermano mayor, Antonio, tuvimos una empresa de telefonía. Nos dedicábamos a instalar supletorios en las casas y colocábamos las redes telefónicas internas en los hoteles. Luego estuve de encofrador durante una década, trabajé en algunos rent a car, fui repartidor en Exclusivas Miró… Los últimos tres años que pasé contratado por cuenta ajena estuve en el aeropuerto. Como tenía muchas guardias sin nada que hacer, me propuse construir un bajo de manera autodidacta y poco a poco fui ampliando conocimientos, hasta que me puse por mi cuenta y me dediqué a ello en exclusiva. Todo este proceso comenzó en el año 2008.
Dejas atrás montones de instrumentos, que seguirán paseando tu nombre por los escenarios de la isla, y a los ibicencos sin luthier.
En el último recuento que he hecho me salen 230 instrumentos, que no está nada mal. También he realizado muchos trabajos de mantenimiento, desde un simple cambio de cuerdas, ya que hay gente que prefiere que se lo haga un profesional, a cambios de pastillas, arreglos de roturas, limpiezas, cambios de color y, sobre todo, ajustes, con el objetivo de dejar el instrumento como nuevo.
Aunque yo me voy, esa labor no va a faltar en Ibiza. Dejo a un buen amigo, Víctor Sánchez, que está por la zona de Santa Eulària. Empezó siendo cliente hace ya muchos años, se interesó por el tema y ya ha construido varias guitarras acústicas y eléctricas, tipo jazz. Él se queda al cargo y le he cedido toda la cartera de clientes, así que todos los que ahora se enteran que me marcho y necesitan algún arreglo, se los derivo a él. Se queda alguien competente, que quizás no tiene mi experiencia, pero sí la suficiente, y lo va a hacer genial. En poco tiempo se va a hacer un nombre.

Manolo Marín Cano, hace algunos años, en su taller de Sant Jordi. Foto: Joan F. Ribas
¿Piensas montar un nuevo taller e Ourense?
El hogar de Galicia es una especie de casa de campo, con algo de terreno, sótanos y un garaje que venía incluido en el lote. Tal vez lo adapte como taller, es el sitio ideal, pero por lo menos voy a tardar un par de años. Primero quiero adaptarme a aquello, que es un mundo completamente distinto. De momento, no quiero saber nada de instrumentos. Tampoco es viable trabajar con los clientes de la isla y que me manden a Galicia sus instrumentos a reparar. Los gastos de envío son tan grandes que lo que se puede hacer con 100 euros al final sale por 400. Luego hay otra cuestión. La maquinaria que tengo aquí es muy pesada para trasladarla. Es más inteligente venderla a bajo precio y volver a comprarla nueva. Tengo que empezar casi de cero con todo. Ahora mismo ni siquiera tengo claro al 100% que me vaya a seguir dedicando a esto, aunque al mismo tiempo estoy seguro que cuando haya pasado un año me volverá a picar el gusanillo. Pero ahora mismo estoy saturado. Han sido dieciocho años sin parar. Además, quiero cuidarme porque la calidad de vida, dentro de pocos años, dependerá de eso. Ahora que tengo un entorno tranquilo y bonito lo quiero aprovechar.
A nivel sentimental, ¿cómo están siendo estos últimos días en la isla?
Desde que sé que la marcha es inevitable, ha sido una vorágine de sentimientos. Primero pasé por la rabia de tenerme que ir del lugar donde he nacido porque la especulación no deja otra alternativa. Tras el enfado, hubo una fase de aceptación y ahora, que ya conozco el sitio, incluso tengo cierta ilusión. La casa la adquirimos hace un año y ya he viajado varias veces. Se está muy bien, el entorno es precioso y el hecho de tener algo propio, de decir esto es mío, de aquí no me pueden echar, me da tranquilidad.
Sin embargo, a la vez siento tristeza porque falta un mes para marcharme. Los amigos me van invitando a fiestas y despedidas, y se me hace muy cuesta arriba. No lo puedo evitar. Es una sensación agridulce, entre la ilusión y la tristeza. Llegué a mi casa con tres años y me marcho con 54. El día que tenga que cerrar la puerta y coger el coche para no volver, sé que va a ser una sensación muy complicada. No me atrevo a describirla, pero no va a ser buena.
Y no sólo dejas el taller de luthier, sino también a tu grupo, LaCalle…
Sí, eso también me cuesta mucho. Con el grupo hemos hecho una transición y ya tengo sustituto. Se trata del bajista Rafa Bonet (The Metrallas, Little Pomegranate Honey). Ya hemos hecho bolos, tocando la mitad del repertorio cada uno, y el 14 de noviembre actuamos en el concurso de paellas de es Cubells. Ese día sólo me voy a dedicar a mirar el grupo desde el público.
Haremos algo más para despedirnos. Yo, para quitarle emotividad, les digo que estamos todos conectados y que no es como cuando nuestros abuelos emigraban a América y ya no los veías nunca más. Además, vendré a menudo a la isla, porque tengo a mi hermana, mis sobrinos, primos y más familia y amigos. Eso sí, el verano ibicenco no quiero volver a verlo; ya lo he vivido bastante. Pero el invierno me encanta.
Muchas gracias por la entrevista y por tanto trabajo realizado. Qué triste que el talento ibicenco huya de la isla porque aquí no encuentra refugio. Toda la suerte del mundo para Manolo Marín Cano y sus hermanos Pepe y Dani. ¡Buen viaje y hasta pronto!

El trébol de cuatro hojas, la icónica marca de Marín Cano. Deja como legado 230 instrumentos construidos en Ibiza.
